Todos podemos tener un día de perros, uno de esos en los que estás de mal humor, y seguramente no sabrás ni por qué. Sencillamente te has levantado así y ya está.
Y estás en la oficina, o en la tienda, o donde sea que tengas que estar, y tengas la obligación de poner buena cara.
Porque claro, si pones mala cara, es cuestión de minutos que alguien te pregunte, o directamente te suelte un «hija, vaya cara que traes«. Si pones buena cara, nadie te pregunta nada. Es lo normal.
No sé si a ti te pasará, pero a mí me cuesta un huevo poner buena cara. Se me nota a la legua si no tengo un buen día.
Y si no tengo un buen día, lo mejor que se puede hacer para empeorarlo es preguntarme qué me pasa. No sé, si necesitara explicarlo ya te lo contaría ¿No?
Sería genial poder tener encima de la mesa una semiautomática con un cartelito que dijera «Tú pregúntale a él, que ya te contesto yo«. Seguro que evitaría muchas preguntas. Mano de santo.
Pero el problema es que creo, llámalo intuición, que muy legal esto no debe ser.
No obstante, se me ocurren unas cuantas alternativas que cumplirían la misma función sin tener que dar explicaciones, especialmente a las autoridades competentes.
Alternativas para marcar límites sin tener que abrir la boca.
¿Quieres que despliegue mi arsenal? No lo comparto en público. Es material sensible. Apúntate a mi newsletter.