Las entrevistas de trabajo son una de las causas de mayor estrés mental a las que te puedes enfrentar (si eres de los míos, claro). Y casi en el mismo escalón están las conversaciones con tu jefe o jefa para subir de nivel.
Sí, es cierto que en estas últimas no corres el riesgo de perder el trabajo (tendrías que tener el modo PRO de torpeza), pero eso a tu cabeza le da igual: «¿Qué le digo? ¿Soy lo suficientemente bueno? Es que a lo mejor no valgo para el puesto«… Y así te puedes pasar el día tan ricamente.
Más o menos en esas estaba hace poco una compi de trabajo, que ante la jubilación de un responsable decidió ir al despacho del jefe y hacerse valer para el puesto.
Bueno, realmente mi compi no se planteó ninguna de esas preguntas, o al menos no lo demostró porque tenía una seguridad en sí misma digna de admiración; quien se hacía las preguntas era yo, porque al fin y al cabo también podría haber optado al puesto.
No voy a entrar a contaros por qué no me decidí a presentarme, que hoy estoy de buen humor.
El caso es que allá que fue mi compi, armada de una confianza nivel Dios y se metió en el despacho. En el rato que duró la reunión (como una hora o así), yo no dejaba de decirme que ojalá fuera como ella, poder reunir ese valor para intentar optar al puesto y tener los argumentos suficientes para hacerme valer.
Fue una hora de tortura brutal. Era como si mi inseguridad fuera una mascota y durante una hora estuviera dándole de comer.
Finalmente salió mi compi del despacho. Mi tortura terminó. Por fin podría parar de alimentar a mi mascota, porque el puesto sería para ella, que le había echado valor (y huevos).
Pues no. El puesto se fue para el que no sabe hacer la o con un canuto y encima es gilipollas, pero sabe hacerle la rosca al jefe que es un primor.
Conclusión: ni la hiperconfianza en una misma ni la hora de autotortura sirvió de nada. ¿Y dónde está la moraleja? Pues en Madrid. Si querías una historia con final feliz, no has venido al lugar adecuado.